Imágenes violentas: ¿morbo o sacudir conciencias?

Pepe Encinas.

Barcelona, septiembre de 2014.

Existe el debate sobre la idoneidad de publicar o no una imagen violenta. Sobre todo en televisión y prensa escrita. Sin embargo, en los últimos años este dilema se ha visto diluido por la entrada en el juego de las redes sociales. La inmediatez de un twit, un me gusta o la rapidez con la que un vídeo de Youtube se convierte en viral deja a años luz a los medios “convencionales”.

Durante mucho tiempo han sido los medios de comunicación quienes han decidido la publicación o emisión de imágenes que pudiesen provocar cierto rechazo. Y el espectador o lector podía  pensar que eran gratuitas o, al contrario, que servían para denunciar algún hecho que debía ser cambiado.

El poder de la información ha estado en manos de la prensa en general. A un lado estaban los emisores, es decir, los medios de comunicación. Al otro, los receptores: lectores y televidentes. Hoy esta relación ha cambiado puesto que ahora todos podemos ser emisores y receptores. Todos tenemos la oportunidad de decidir si publicamos una imagen o no.  Ya sea en un periódico, en la televisión, en nuestro muro de Facebook o en el timeline de Twitter.

Y aquí se abre otro debate. Mientras que nuestra profesión cuenta con los comités profesionales en las redacciones y fuera de ellas, que velan para que se cumpla la ética periodística que se recoge en el código deontológico, quien usa las redes sociales y publica imágenes de gran crudeza, ¿se cuestiona las consecuencias de su publicación? ¿Lo hace por morbo, por ser el más retuiteado o porque realmente quiere difundir una información para que llegue a sus “amigos” o seguidores?

Personalmente, me inclino a pensar que nuestra profesión, a pesar de vivir tiempos difíciles perdiendo ventas, lectores y audiencias, no publica fotografías violentas de forma gratuita. Quiere sacudir conciencias. Detrás de una imagen violenta o de una crudeza extrema hay un mensaje. Todo el mundo tiene la libertad de decidir si quiere o no ver esa imagen. Podemos pasar las páginas de un periódico o cambiar de canal. Por supuesto, reconozco que hay imágenes e imágenes y que el trato que se da a una fotografía en, por ejemplo, la edición gráfica, contribuirá a que dicha imagen sea más impactante. Aun así, tengo la sensación de que el trato que la prensa da a una imagen cruda y fuerte no es gratuito, sino todo lo contrario.

El pasado mes de julio vimos numerosas imágenes, algunas muy duras, de accidentes aéreos. Destaco principalmente el accidente del Boeing 777 de Malaysia Airlines, derribado cuando sobrevolaba la provincia de  Donetsk en Ucrania. La muerte de inocentes ha horrorizado a la opinión mundial. Tanto el Gobierno de Kiev como las milicias prorrusas se apresuraron a decir que ellos no habían sido… Es curioso que con tanta tecnología espacial, con satélites espiándose unos a otros, aún no quede claro qué y cómo ocurrió, y nadie quiera asumir el lanzamiento del misil que lo derribó. Como siempre, los gobiernos de los países anteponen sus intereses y son blandos al dar una rápida respuesta de condena del atentado terrorista.

El avión con 298 pasajeros explotó en el aire y cayó en pedazos en territorio dominado por los rebeldes prorrusos. Esta circunstancia hizo más difícil  la rápida llegada de especialistas y personal a la zona para identificar y recoger los cadáveres. La presión internacional y las duras declaraciones del primer ministro holandés, Mark Rutte -con 189 compatriotas muertos de los 298-, que exigió una investigación creíble, facilitó la llegada de expertos, la recogida de los cuerpos esparcidos por el lugar de la catástrofe y la posibilidad de transportarlos en vagones frigoríficos para su posterior identificación.

Este atentado ha puesto de actualidad un conflicto que ya es una guerra abierta entre Ucrania y un territorio que quiere pertenecer a Rusia, y esta no está dispuesta a perder influencia.

Desde mi punto de vista, las imágenes de este suceso han sido duras, pero no morbosas. Los enviados especiales de las televisiones y los fotógrafos de las agencias han dado una cobertura del accidente mostrando partes del fuselaje del avión caído, detalles de maletas, guías turísticas esperando un destino al que no llegarían, planos generales de situación, planos lejanos de los cuerpos esparcidos por el campo junto a maletas, asientos y trozos de metal retorcido.

Quiero destacar una imagen de Maksim Zmeiev, fotógrafo de la agencia Reuters, de un cuerpo de una víctima cubierto con un plástico y una rosa encima. Solo se ven las piernas de una joven adolescente. Una imagen que denunciaba que, pasados unos días, todavía no se habían recogido todos los cadáveres a pesar del calor reinante y lo que esto conllevaría: la descomposición de los cuerpos.

Nos han llegado un sinfín de fotografías sobre los cuerpos amontonados dentro de los vagones frigoríficos que los llevarían a la ciudad de Donetsk para trasladarlos en aviones militares a Holanda, donde volvimos a ver la salida de las víctimas en ataúdes, transportados a hombros por soldados y una caravana de coches fúnebres por las carreteras llenas de gente consternada lanzando flores como homenaje en una Holanda de luto oficial.

Asimismo, julio también volvió a poner de actualidad el eterno conflicto árabe-israelí. La guerra declarada del Gobierno de Israel a Hamás en la franja de Gaza, una zona con una densidad demográfica muy elevada. Los bombardeos constantes para eliminar los túneles que existen para adentrarse en territorio israelí y así evitar bajas de sus soldados han dado la vuelta al mundo y han abierto los informativos de las televisiones de todos los países. Imágenes que a nosotros nos escandalizan y que para ellos, los israelíes, son habituales, sentados en unas sillitas de camping o picnic al atardecer, contemplando el resplandor de las explosiones de los misiles. Si no fuera por lo trágico, recordarían cualquier concurso veraniego de fuegos artificiales como los de Blanes.

Estas imágenes y fotos, como por ejemplo una de una niña buscando entre las ruinas de su casa bombardeada los libros de estudio, nos invitan a pensar. Son fotografías duras y, sin embargo, no muestran la violencia en primer plano, hay una reflexión más allá de la imagen. En una tierra donde la violencia es el tema del día es muy difícil plasmar la noticia y no caer en la foto fácil. Ser periodista gráfico en un territorio donde la muerte te  acompaña constantemente es muy difícil. Los informativos van sumando el número de muertos civiles –muchos de ellos niños- y narran los problemas que sufren los supervivientes de la franja de Gaza, que no pueden salir ni saben dónde refugiarse. No hay lugar seguro, ni siquiera la ONU les puede dar cobertura. Ni siquiera el organismo internacional ha conseguido que sus escuelas sean respetadas por el Ejército de Israel a pesar de que le facilitó las coordenadas exactas. Han protestado, se han indignado. La guerra es la guerra. Mientras, el Gobierno israelí, como respuesta, comenta que hará una investigación interna. Y la vida sigue igual… Mejor dicho, la muerte.

Como profesional hay que intentar ser imparcial. Sin embargo, es verdad que a veces empatizas más con la gente que vive en el lugar donde cubres la noticia. Y aunque suene distante, los hechos son los hechos. Una cosa que se enseña en las facultades y en las redacciones de medios solventes es que, a pesar de la ideología de cada uno, hay que ser profesional y contar lo que ves. Tu credibilidad y prestigio son tu firma. Si existen informaciones contradictorias, se explican todas y luego el receptor ya hará sus conclusiones. No caigamos en la prepotencia de pensar que nuestro lector es alguien sin criterio.

Aunque una cosa es cierta en este eterno conflicto: los muertos están ahí; el niño con la cabeza destrozada está ahí; la madre embazada muerta al lado de su otra hija pequeña está ahí; el hospital bombardeado lleno de heridos destrozados está ahí. Esto es noticia y está pasando. Los corresponsales transmiten las fotografías, duras, brutales, reales y llegan a las redacciones, y los editores gráficos seleccionan las imágenes que llevarán al consejo de redacción para ponerlas en portada.

Siempre han existido conflictos bélicos, accidentes graves, atentados, y eso conlleva disponer de imágenes duras. El  fotoperiodista intuye, busca aunque nunca está preparado del todo para lo que va a presenciar. La realidad casi siempre desborda y supera la imaginación. Es el precio que se paga, y siempre aparece un diálogo con uno mismo reflexionando sobre lo conveniente o no de dar esas imágenes. El tema es difícil de dilucidar y siempre encontraremos pros y contras.

Por un lado, existe -sobre todo, por parte de los informadores gráficos- la opinión de dar la imagen dura y lograr que esta golpee la conciencia del lector-espectador y que reaccione. Es decir, enseñarle lo que no quiere ver.

Por otro, están los partidarios de ofrecer una imagen que no sea tan dura, sin ocultar lo que está sucediendo. Sin embargo, esto a veces no es posible.

En un artículo de Quino Petit publicado en El País sobre fotógrafos en combate, Benjamin Lowy, uno de los fotógrafos veteranos que cubrió la guerra de Irak, comentaba que “nuestra memoria no procesa vídeos, sino imágenes congeladas”.  “Tenemos grabada la instantánea de Nick Ut –seguía-, de la muchacha corriendo desnuda achicharrada por el napalm en Vietnam. O la foto que Chris Hondros tomó a la niña iraquí de seis años empapada en la sangre de sus padres tras ser ejecutados por soldados estadounidenses”. Aquí se plantea otro dilema: ¿hasta dónde enseñar?, ¿dónde está el límite de nuestra capacidad de mirar?

Recuerdo una imagen durísima publicada en la portada de El Periódico de Catalunya ilustrando el atentado terrorista al guardia urbano Juan Miguel Gervilla, asesinado por ETA en Barcelona. Los etarras querían atentar contra un locutor de radio que vivía cerca de la Diagonal y llevaban un coche bomba, que harían estallar cuando el periodista pasara a su altura. Eran las siete de la mañana y el coche se estropeó. El guardia, de servicio, para evitar el colapso circulatorio, se acercó a ayudar a empujar el coche. En ese momento se percató de la carga que llevaba el coche y los etarras le dispararon a bocajarro un tiro en la cabeza.

El cadáver del guardia urbano yacía en la calzada sobre un charco de sangre. Allí estuvo varias horas hasta que el juez de guardia ordenó levantar el cadáver. A pesar de que se colocaron unas vallas con unas lonas para tapar el impacto visual del atentado en la vía pública, un fotógrafo de la agencia AP, César Rangel, buscó un punto elevado y retrató a la víctima. La foto llegó a las redacciones.

La fotografía, como el atentado terrorista, era brutal, desagradable. Sacudía la vista y las conciencias. En el consejo de redacción de El Periódico de Catalunya se discutió y se debatió sobre la idoneidad de acompañar la noticia con la terrible fotografía. Al final, el director Antonio Franco tomó la decisión -para mí, acertada- de salir con la foto del asesinato. Dicha decisión fue muy criticada, diciendo que hería la vista, que era una falta de respeto hacia la familia y que la imagen solo ofrecía un sufrimiento añadido. Que estas cosas, tan fuertes y desagradables, no hacía falta darlas en primera página y menos en color. Es duro, pero es la única forma que tenemos de que la gente reaccione y los gobiernos tomen decisiones ante la opinión pública.

En primer lugar, la vida, las cosas son en color. Soñamos en color, el cielo es azul, los pinos verdes y la sangre es roja. Y, por consiguiente, las noticias son en color. Las informaciones fotográficas se daban en blanco y negro porque técnicamente las imprentas de los diarios no estaban preparadas. El Periodico de Catalunya fue el primero en informar con fotos en color. Más tarde, el resto de rotativos fueron incorporando el color en sus páginas. Francesc Català Roca comentaba que la vida es en color y que cuando vemos una foto en blanco y negro interpretamos que ese cielo gris es azul y el campo lleno de hierba es verde.

El 20 de junio de 1979 el periodista de la cadena de la cadena estadounidense ABC,  Bill Stewart, el cámara Jack Clark, el técnico de sonido Jim Céfalo y el traductor, Juan Francisco Espinoza estaban trabajando en Managua. Aquel día circulaban por la avenida de los Mártires del Primero de Mayo cuando una patrulla de la Guardia Nacional les ordenó que detuvieran su camioneta de prensa.  Stewart, acompañado por Espinoza, se dirigió hacia  los soldados mientras sus compañeros se escondían al mismo tiempo que mostraba la acreditación de prensa del Gobierno de Nicaragua y una bandera blanca. Les dijo que no hablaba español y que era periodista estadounidense. Un guardia los encañonó y les ordenó que se tumbaran en el suelo. Después de propinarle una patada en un costado, sin ningún rubor, le pegó un tiro en la nuca. Juan Francisco Espinoza también murió asesinado.

Sus compañeros escondidos grabaron las imágenes del asesinato y cuando pudieron regresar al hotel Intercontinental, donde se alojaban con la mayoría de corresponsales extranjeros, transmitieron las imágenes. En poco tiempo, la noticia con la secuencia del brutal asesinato entraba en los hogares estadounidenses y las televisiones del mundo abrían sus informativos con el asesinato de Bill Stewart y su intérprete.

La indignación de la opinión pública al ver a un compatriota indefenso en el suelo, y asesinado a sangre fría por un militar del ejército de Somoza, hizo que el Gobierno republicano de Ronald Reegan dejara caer al dictador Anastasio (Tachito) Somoza Debayle.

Es un ejemplo de que a veces unas imágenes crudas tienen su utilidad.

Otro ejemplo que demuestra y justifica el porqué de retratar hechos horrendos, violentos y deleznables, lo tenemos en la persona de Francesc Boix.

Boix era hijo de un sastre del Poble-sec y ambos compartían la afición por la fotografía. A finales de 1937 se incorporó al frente de Aragón en el bando republicano en la llamada quinta del biberón. Boix dejó constancia fotográfica de la vida cotidiana  y de los soldado en el frente del Ebro. Se exilió al final de la guerra y después de pasar por diferentes campos de confinamiento franceses, se alistó junto a otros compañeros republicanos para luchar contra los alemanes. En mayo de 1940 fue capturado por los alemanes y conducido al campo austriaco de exterminio de Mauthausen junto con 1.506 republicanos españoles. Allí Francesc Boix dejó de llamarse así para ser el número 5.185. Gracias a sus conocimientos de alemán y de fotografía, Boix fue destinado al servicio de identificación del campo. Oficialmente, era un laboratorio fotográfico cuya utilidad era la identificación de los presos. Sin embargo, en aquel lugar se documentaba todo: instalaciones, suicidios, muertos por arma de fuego, experimentos médicos… Las visitas de Himmler y otros altos cargos de las SS también fueron fotografiadas.

Francesc Boix y Antoni García Alonso, destinados en el laboratorio de identificación, no solo empezaron a esconder muchos negativos de fotos hechas por los nazis, sino que ellos mismos tomaron fotos de la barbarie que se vivía en Mautahausen. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Boix declaró como testigo en los procesos de Nuremberg contra la cúpula dirigente del Tercer Reich y en Dachau, en contra de 61 jefes de las SS en Mauthausen.  Mientras se proyectaban las fotografías realizadas y rescatadas por Boix, este las comentaba: “Este es un judío cuya nacionalidad ignoro. Lo metieron en un tonel lleno de agua hasta que no pudo más. Lo molieron a palos y le dieron diez minutos para colgarse. Usó su propio cinturón para hacerlo; de otro modo sabía lo que le podía esperar”. Las fotografías fueron  pruebas determinantes para sostener las acusaciones.

No sé que pensaría hoy Boix de las imágenes de Palestina y de la franja de Gaza. Pero, bueno, al final todos sabemos que las cosas no se ven como son, sino como las queremos ver.

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